“Lovely”.

Declaró con un condescendiente desinterés dijo Miss Hacking cuando le conté que había conseguido libros clásicos de literatura inglesa por 1 libra cada uno.  ¿”Buenísimo”, sería la traducción actual?

Yo tenía 17 años y estaba por un mes estudiando inglés en Londres, y viviendo en casa de Miss Hacking. Una señora inglesa soltera que vivía en una casa pequeña de piedra junto con su hermano también soltero, y que recibían alumnos de intercambio estudiantil. 

Al final de mi estadía, Miss Hacking con esa fría amabilidad inglesa que esconde afecto genuino pero tímido , me llevó en su pequeño auto a mí y a mis dos enormes valijas a tomar el Subway que me llevaría al aeropuerto de Heathrow.

Al chequear mis valijas, una mujer joven con sonrisa plastificada me dijo algo con “excess baggage” –exceso de equipaje– y luego hacer unos cálculos (o apretar aleatoriamente botones de su teclado para hacerme sufrir con el suspenso), me dijo “five hundred pounds”. Quinientas libras esterlinas que multiplicadas por el cambio oficial a pobres-pesos-sudamericanos era una suma exorbitante.

Me fui con el corazón latiéndome y las manos temblorosas a llamar por teléfono a mi papá. Él siempre me solucionaba todo.  La voz de mi papá como dentro de un tarro de lata me decía “pagá con la tarjeta, no tenés otra opción”. Y eso me bastó para largarme a llorar. ¡Pero quinientas libras es muchísimo! ¡Lo que hay adentro vale mucho menos! ¿Qué hago?… ¿qué hago?… ¿qué hago?… me decía mientras las lágrimas me brotaban solas y a borbotones. Nunca me había sentido tan, sola.

Pensé que tenía tres opciones: 1 pagar, 2 dejar los libros o 3 probar una argentineada. Así que inevitablemente opté por la tercera.  Chequié una valija y la segunda, por la que me exigían pagar las 500 libras, la llevé como equipaje de mano.  Si tenía suerte, y pasaba haciéndome la que mi valijón no pesaba nada, iba a estrujarlo adentro del compartimento de arriba del asiento aunque me gane una hernia.

En la puerta, otra mujer igual que la del check in, me paró en seco para decirme con los párpados a media asta expresando toda su rabia por tener que recibir sudacas en su país o por el gol con la mano del Diego, que esa monstruosidad que tenía en la mano excedía lo que ellos consideraban “equipaje de mano”. Aunque le expliqué a la chica que iba “en mi mano”, lo mismo no me permitía subir al avión. Le dije angustiada en mi inglés chapucero “I don’t have money for excess! pleeeese!”.  Pero con esa fría amabilidad inglesa, que en este caso contenía un desprecio nada tímido hacia mí, movió su cabeza diciendo “no” y me hizo señas con su mano para que me aparte de la fila y puedan seguir subiendo los otros pasajeros.

Con mi angustia subiendo a borbotones de nuevo, sentí que alguien atrás mío me tocaba el hombro. “Si queré io te la chequeo, no ievo valija así que te la hago pasá grati”, nunca sentí un acento tan amoroso y reconfortante.  Me di vuelta y ahí estaba un muchacho de mediana edad, con mochilita al hombro. Era tucumano, de la provincia vecina a la mía. Escucharlo era como quitarse los zapatos de los oídos, después de un mes de intentar descifrar los ladridos que llaman British Accent.  El tucumano macanudo (amable, amiguero, buena gente) me acompañó de vuelta al check-in y despachó mi valija como si fuera de él y me dio el ticket para que yo la retire cuando aterricemos. Y por esas cosas de la vida, logré lo que quería y no tuve que pagar ni un centavo.

Al subirme al avión, el alivio era infinito. Me dormí como un hurón. Luego de la angustia, los llantos y cargar tremendas valijas por medio Londres, el descanso fue tan profundo que cuando abrí los ojos ya estábamos carreteando en la pista de Ezeiza. Me había perdido cena y desayuno. Pero me sentía tan, pero tan bien, que parecía que una catapulta me había lanzado a la cima de la felicidad.  Había vivido en mi viaje de regreso, la noche oscura del alma y este era el despertar de un nuevo día.

La Noche Oscura del Alma

Le llaman “La Noche Oscura del Alma” o también “Todo está Perdido”, a ese momento en toda historia en el que la protagonista siente que todo está… justamente eso, perdido. Que tocó fondo. Que más bajo no puede caer. Que el vestido le queda chico, el muchacho que le gustaba se fue con otra, y el trabajo que tanto quería y consiguió es en realidad un gran error. 

Es ese bajón en que el protagonista vuelve a vivir todo el peso de sus errores, de sus debilidades y de todo lo malo que le tocó en suerte.  Cuando camina cabeza gacha pateando piedritas; cuando está en el sillón con el pijama puesto y un gran pote de helado cantando All By Myself a gritos; cuando para salvar el mundo debe apretar un botón que está justo en el otro lado del tablero de comandos y tiene las piernas atrapadas bajo escombros. A uno le dan ganas de decir “oh… no… TODO ESTÁ PERDIDO… ¿para qué me puse a ver esta película estúpida en la que todo sale mal?…” 

Muchos estudiosos de las historias, como Joseph Campbell con su famoso esquema de “El Viaje del Héroe” o Michael Hague con su “Estructura de Argumentos de Seis Etapas”, entre muchos otros, ubican ese momento justo antes de la gran revelación, esa que empuja al héroe a enfrentar su miedo máximo, a jugarse en un todo o nada y lograr su objetivo verdadero: romper esa relación tóxica y comprarse un pasaje a Bali;  pararse en frente de todos y confesar a viva voz al costado del altar y con el intercomunicador en la mano “¡me opongo!¡amo al novio aunque lo conocí organizando su boda!”;  o recordar esa frase que le dijo el abuelo antes de morir y que justo ahora le hace darse cuenta que él sí puede batear la bola afuera del estadio, aunque sea pequeñín y debilucho.

Justo antes de esas escenas memorables que todos recordamos de las pelis, ocurre eso casi imperceptiblemente que las catapulta al máximo: “La Noche Oscura del Alma”.

Estos dos pedacitos dentro de una historia, son como un sube y baja. Una le da fuerza a la otra y viceversa.  Cuanto más se cae en la noche…, más fuerte se levanta y triunfa. 

Pero, estos dos elementos no sólo sirven para escribir una gran peli. Sino para todo tipo de historias o storytelling. Avisos comerciales, posteos en redes, newsletters, mensajes de Whatsapp o chismes. 

¿Cómo usar La Noche Oscura del Alma de catapulta para escribir para tu negocio o algo personal?

Antes de mostrar el beneficio del producto, muestra la noche oscura del alma del consumidor, así lograr un efecto máximo. Por ejemplo:

En una pubicidad, antes de mostrar que Piecidex te deja el pie feliz, es útil mostrar la vergüenza que dan los hongos en los pies en noches románticas.

O antes de mostrar que las vitaminas 102 Años Plus te da energía para un día de 48 horas, mostramos el día anterior cuando el protagonista se arrastra para levantarse de la cama, y sale de su casa con la camisa medio afuera y se queda dormido colgando de la manija del bus.

En un posteo en Instagram, antes de mostrar el Total Look en el que te ves espléndida para una Gala VIP, muestra que casi no llegas, que la bucleadora se quemó y la maquilladora entró en trabajo de parto y te tuviste que maquillar sola.

En tu discurso de graduación, antes de mencionar tu doctorado en la Sorbona, escribe una línea de cómo necesitaste media beca para terminar el secundario porque sino tus padres no podían pagar la cuota.

Busca intencionalmente ese momento previo, sea cual fuere, que sea un bajón, una noche oscura del alma donde todo está perdido. Y no dejes de mencionarla y hasta detallarla puntillosamente.

Esto le va a dar una potencia inesperada a tu mensaje.  La Noche Oscura del Alma va a ser la gran catapulta de tu mensaje.  

hola,

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