Guarda tu tiempo para escribir

El escritor debe cuidar su tiempo para escribir con toda su furia.

Guardarlo.

En el sentido de esconderlo en un cajón, y poner un guardia en la puerta con un sable y la firme intención de rebanar las aortas que se presenten.

Otros, con tareas y oficios diferentes, que conllevan marcar una tarjeta o estar en un horario atendiendo personas, cumpliendo con demandas, procesando papeles, haciendo con las manos, calculando con la mente, para sí mismo o para lo ajeno, no cargan con el mismo peso. A terminar el horario, marcan de nuevo y salen.

En ese momento tan delimitado, están en “el trabajo”. Nadie los desvía de su intención. Hacer eso que hacen cuando trabajan es inamovible.

Pero el escritor no tiene ese corset horario de entrada y de salida.

El escritor tiene 24 horas al día.

Y esa falta de un inicio y un final para el trabajo, hace que el momento en el que un escritor trabaja sea un continuo. O más precisamente como un flan. Se mueve, se cae, se desmorona y entra deja entrar sin ningún tipo de resistencia la cuchara del que quiera comérselo. 

¿Qué pasa con la jornada laboral del escritor?

Bien, para realizar cualquier trámite, acompañar a un hijo en una actividad de su colegio, reunirse satisfaciendo la agenda de otro, acomodarse al horario del que envió un disruptivo Whatsapp, comprar a contra-hora los menesteres de la vida mundana para evitar colas, atender llamados de charlatanes sin dinero para psicólogo, leer al instante mensajes de textos, tentarse en las redes y consumir newsletters como si fueran caramelos masticables en bolsa grande, el escritor tiene tiempo.

Porque el tiempo del escritor se le expande como el universo.

Porque su horario de trabajo no termina a las 13, o a las 18 o a las 20. Su horario de trabajo no termina. Entonces puede acoger generosamente a todo el que quiera subirse a la canoa en mitad de tempestad. Hasta que la canoa se da vuelta y el escritor termina ahogado en un mar de promesas –dirigidas a sí mismo– de que el día siguiente será mejor.

Y al otro día no sólo todo vuelve a empezar, sino que surgen las dudas post-atracón: ¿Y si me pongo un negocio de 9 a 18? ¿Y si no soy mínimamente pasable en el papel? ¿Y si nunca gano plata aunque sea para pagar un café? Y lo peor de todos, emergen las vergüenzas: Estoy cansada de no saber ni yo a lo que me dedico. Yo… sí… yo soy… ama de casa… comerciante… estudiante… estoy entre trabajos… ahora justo estoy empezando un proyecto nuevo…   

Sí, la vida podría ser más fácil si viviéramos en el París de los años ’20 –del siglo pasado. Pero a un siglo del glamour de ser escritor, sólo quedan las migajas de una profesión que si no hace dinero en vida del escritor, entonces no merece ser llamada así. Podría ser un lindo hobbie que angustia a las madres y enfurece a las parejas, pero no mucho más.

Así que un siglo entrado el conflicto, el remedio que humildemente puedo sugerir, en algo me sirve y por ende lo recomiendo con un poco de gengibre –mal no puede hacer–, es el de bloquear un tiempo determinado para para escribir.

Sí, bloquearlo.

Agendarlo y marcarlo como OCUPADA en el papel o en el iCal.

La regla fundamental es que durante TODO ese tiempo, una no puede atender niños, dar de comer a adultos no-autónomos, o reunirse a cafetear con esa amiga que pobre trabaja de Tal-Hora-a-Tal-Hora y justo justito ahora está de vacaciones así que una debe dejar de hacer-nada en el teclado y juntarse a escuchar esas deliciosas desventuras amorosas que se repiten desde los 16 años con pequeños cambios en el elenco. Menos aún aceptar reuniones de trabajo DE OTRO, trabajo voluntario en la escuela de los hijos porque una es “la madre que puede” o perder dos horas en el supermercado y una en la cola de la verdulería junto con los jubilados porque el marido quiere comer sano y proteico (para que el gimnasio se note bajo la remera un-talle-demasiado-pequeña).

Una o uno, tiene la obligación moral de bloquear ese tiempo. Si es por la mañana mejor. A primera hora. Antes de consumir el contenido de nadie. Antes de leer emails, antes de engancharse en tips y hacks, antes de que el día se complique. Dos horas, tres horas, cuatro horas. In-in-te-rrum-pi-das. Sólo la escritora, solo el escritor y la computadora. Cuando todo el mundo está haciendo lo que hace de 8 a 12 o de 9 a 18. Cuando una puede, si no se deja interrumpir, sabotear, maltratar… escribir con todas las luces y la frescura de las ideas recién descansadas.

Si la escritora o el escritor es un bicho nocturno, y saca sus mejores estrofas al abrigo de la oscuridad y escondiéndose en el anonimato del humo de un día que se termina, también sirve bloquear ese tiempo. No hay favores para otros, ayuda con lo que “falta” para el cole o calentar la cena porque la pareja llegó cansad@.

Si es posible, hay que recluirse en un cuarto propio. O un rinconcito — yo escribo en el closet de mis hijas. Mientras haya una bendita puerta para cerrar o una cortina que se pueda colocar, la escritora puede producir algo. Por muy humilde que sea, tal vez opacoide, cuasi insignificante para el mundo, pero trascendental para ella. La base del sentido de la vida para ella.

Virginia Woolf habla de un cuarto propio. Joyce Carol Oates dice de que lo que mata al escritor son las interrupciones. Margaret Atwood afirma que hay que cerrar la puerta. Shonda Rhimes se pone auriculares enormes donde sea que tenga que escribir.

¿Por qué serán la mayoría mujeres escritoras las que se han pronunciado en relación a guardar el tiempo de redacción? La respuesta será material para elucubraciones obvias y peleas todavía marchando.

Lo inocultable es que la escritora y el escritor, debe asumir que su tiempo para escribir es un momento sagrado e inamovible. Como los es para el cirujano la hora de la cirugía. Como lo es para el maestro la jornada escolar. Como lo es para el vendedor el horario comercial.

En el darse cuenta empieza la cura dice Freud. Y simplemente leyendo esto es indicación de que te das cuenta que algo pasa con tu tiempo para escribir. Y aunque todavía no puedas resolverlo del todo, o poner el bloqueo en marcha, o tener un cuartito con una puerta, ya darte cuenta del problema es primer paso de la cura.

Luego vendrán las estrategias, las negociaciones sobre quién se encarga de la comida, el lograr que la abuela vaya a leer al colegio el día de la maratón de lectura, o el encontrar una tienda que haga entrega a domicilio de comida sana y proteica.  Pero el ver claramente que una debe guardar el tiempo para escribir, es el primer paso para un avance constante. Pequeño o grande, pero constante.

Piensa qué hora podrías bloquear para escribir. Si es la misma todos los días, mejor. Y guarda esas horas con la pluma y con la espada, y con toda tu furia.

El mundo se buscará a otro para hacer eso que quiere que hagas. O te esperará para cuando a ti te resulte conveniente. Fuera de tu horario para escribir. Por que le guste al mundo o no, esté enterado el mundo o no, tú eres escritor@.

hola,

¿Te gustaría conectar con tus clientes y vender más? ¿Que te presten atención y estén encantados de comprarte? Yo te ayudo a usar las palabras exactas para lograrlo. ¿Cómo? Con palabras vivas, poderosas, que llamen la atención y conmuevan. Descarga mis mini-guías gratis "Cómo escribir un Tagline que venda" y "Escribe Como Profesional en 10 Simples Pasos" y recibe más info para aumentar clics y ventas.


También te puede interesar...

No te pierdas mis próximos posteos

Te va a encantar recibir mis emails. Confía. Y sino, te desuscribes. Y aunque me rompa el corazón, voy a contener las lágrimas hasta que te des vuelta y no las veas. 

>